Una investigación de la Universidad de Chile, el Instituto Milenio BASE y del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) plantea que pequeños caracoles habrían alcanzado la Antártica occidental viajando sobre macroalgas flotantes, como el cochayuyo. Además, el estudio también identificó cuatro grupos evolutivos de los caracoles que podrían corresponder a géneros distintos. Por lo tanto, esto abre la posibilidad de revisar su clasificación actual.
La historia de la biodiversidad no siempre ha sido como la conocemos hoy. Durante millones de años, las especies han colonizado nuevos territorios. También han quedado aisladas y se han diferenciado mediante formas de desplazamiento a menudo inesperadas.
Ese sería el caso de pequeños caracoles antárticos y subantárticos que, pese a no tener larvas nadadoras de vida libre, habrían atravesado grandes extensiones del océano Austral sobre macroalgas como el cochayuyo. Al desprenderse de las rocas, estas pueden seguir las corrientes. Así, pueden llevar caracoles adultos, juveniles o sus masas de huevos.
El estudio, titulado Tracing the origins of Antarctic periwinkles: an integrative morphological–molecular perspective on Laevilacunaria evolution y publicado en la revista Proceedings of the Royal Society, buscó comprender por qué dos géneros estrechamente emparentados de caracoles, como Laevilitorina y Laevilacunaria, habrían presentado distribuciones y riqueza de especies tan diferentes pese a compartir ciclos de vida y hábitats similares.
El trabajo fue liderado por el Dr. Sebastián Rosenfeld, investigador del Laboratorio de Ecología Molecular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, del Instituto Milenio BASE y del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC).
También participaron Claudia S. Maturana, Moisés A. Valladares, Hamish Spencer, Thomas Saucède, Paul Brickle, Paula Vidal, Guillaume Schwob, Quentin Jossart, Elie Poulin y Claudio González-Wevar. Además, el equipo reunió a investigadores de BASE, CHIC, las universidades de Chile, del Bío-Bío, Católica, Austral de Chile, Otago, Bourgogne Europe, Claude Bernard Lyon 1 y Libre de Bruselas. También participaron el CNRS, SAERI e IDEAL.
El misterio detrás de su distribución
El punto de partida de la investigación estuvo en el mapa de distribución de estos caracoles. Al seguir su presencia en el hemisferio sur, el equipo encontró dos historias aparentemente muy distintas: Laevilitorina presenta unas 25 especies y se extiende desde Sudamérica hasta Australia y Nueva Zelanda. Incluye la Antártica y distintas islas subantárticas. Laevilacunaria, en cambio, comprende solo tres especies reconocidas y se concentra en el océano Austral.
“Dentro de sus hábitos tienen el mismo ciclo de vida y hábitats similares. Entonces, todo indicaba que deberían tener distribuciones y riquezas parecidas, pero resultaba que no era así. La idea era, a través de herramientas moleculares y morfológicas, estudiar su historia pasada y reconstruir la historia biogeográfica del grupo”, explica Rosenfeld.
Para reconstruir esta historia, el equipo combinó análisis genéticos, morfológicos y de distribución geográfica ancestral en ejemplares recolectados entre 2017 y 2023 en 19 localidades antárticas y subantárticas. En el laboratorio, analizaron su morfología externa, la rádula que utilizan para alimentarse y cuatro marcadores genéticos para establecer sus relaciones de parentesco.
Como estos caracoles no poseen larvas capaces de nadar libremente, surgió una pregunta central: ¿cómo lograron cruzar grandes distancias? Los resultados apuntaron a las macroalgas flotantes como un posible medio de transporte.
“Cuando el alga se desprende de la roca por efecto del oleaje, flota y sigue las corrientes. Entonces, todos los organismos que están adheridos se van junto con ella. En el caso de estos caracoles, pueden viajar los individuos o también sus masas de huevos”, detalla Rosenfeld.
Según los análisis, uno de estos viajes habría ocurrido hace cerca de 7,9 millones de años, desde las islas subantárticas —probablemente Kerguelen— hasta la Antártica occidental. Posteriormente, otros caracoles habrían llegado desde allí hasta Georgia del Sur.
Estos desplazamientos no habrían sido frecuentes, sino episodios excepcionales, posiblemente favorecidos por tormentas, y una vez instaladas en nuevos territorios, las poblaciones quedaron aisladas y comenzaron a diferenciarse genética y morfológicamente.
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