Cada vez más trámites esenciales, como operaciones bancarias, gestiones notariales o atenciones de salud, requieren validar la identidad mediante huella dactilar. Sin embargo, para muchas personas mayores este proceso puede transformarse en una dificultad cuando los lectores biométricos no logran reconocer sus dedos.
La causa no siempre está en una falla tecnológica. Con el paso del tiempo, la piel experimenta cambios naturales que pueden afectar la calidad de las huellas y dificultar su correcta lectura por parte de los sistemas biométricos.
En ese contexto, Carolina Inostroza, académica del Centro de Investigación e Innovación Biomédica (CiiB) de la Universidad de los Andes (Uandes), explica que en los adultos mayores puede producirse un deterioro de los surcos de la piel, además de una menor calidad en la captura de la huella. Esto se relaciona con una piel más seca, menos firme y con presencia de grietas, lo que aumenta la probabilidad de fallas en los lectores.
Cambios naturales en la piel
Según la especialista, el envejecimiento cutáneo puede modificar la forma en que los sensores biométricos detectan las huellas dactilares.
“Factores que generan el deterioro o la ‘no lectura’ de la huella son cambios por envejecimiento natural de la piel, resequedad, dermatitis y algunas actividades manuales o de trabajo con las manos, que pueden crear ‘líneas falsas’, provocando fallas de verificación y desgaste de las líneas o surcos”, señala.
Ante este escenario, la académica plantea la importancia de incorporar mecanismos adicionales para validar la identidad, especialmente en el caso de personas mayores.
“Alternativas a considerar para mantener autonomía: la biometría de rostro se usa bastante, pero también puede ser de iris (ojos), palma y voz. En todo caso, deberían ser complementarias”, concluye.


