El Banco Central de Chile decidió mantener la Tasa de Interés de Política Monetaria en un 4,5%. A primera vista, la medida suena técnica, pero tiene una explicación muy concreta: el instituto emisor se encuentra atrapado en una encrucijada donde debe sopesar los golpeados bolsillos de los chilenos frente a un escenario internacional revuelto y lleno de incertidumbre.
Por un lado, las noticias que vienen de afuera traen un sabor agridulce. El recrudecimiento del conflicto entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a encarecer los combustibles, acercando el barril de petróleo a los US$100 y empujando la inflación en agosto al 4,1%. La buena noticia dentro de este convulsionado panorama global es que el boom del sector tecnológico y la inteligencia artificial han disparado el precio del cobre por encima de los US$6,5 la libra, otorgándole un importante respiro al fisco.
El problema principal está en casa. La economía local no despega: el consumo de las familias cayó, la inversión sigue congelada y el mercado laboral destruyó puestos de trabajo, elevando el desempleo. Ante la posibilidad de que esta debilidad sea más persistente de lo esperado, el Central optó por la cautela: no subió la tasa para no encarecer aún más los créditos, pero tampoco la bajó para no descontrolar los precios de la vida cotidiana.
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